Art toy Pi
¿Quién es Pi?
Tengo 5 años, me dedico a lo que se dedica un niño pequeño: travesuras, triquiñuelas, salirme con la mía, manchar lo más posible, a todos los posibles y en particular a mí mismo. No llevo pantalones, no los necesito y además soy provocador, tampoco tengo pelo, tengo una cabeza gorda, como una bola de billar, color rotu rosa, una nariz de porreta y ojos grandes y negros. Si puedo, hago una pirula; la gracia está en hacerla y en que no me pillen, y nunca me pillan.
Me apasiona inventar historias, casi siempre son el hilo conductor de mis aventuras. Tengo varios amigos inseparables, la ballena MASQUEFLORA, que me acompaña en mis aventuras marítimas; la gata Catarsis, que es muy cascarrabias y siempre me bufa, pero yo la pedorreo y sigo mi camino, es ya una tradición. Tengo más amigos. Os iré contando quiénes son y sus aventuras.
Me llamo Pi y ahora déjame, porque tengo lugares increíbles a los que ir, aventuras que vivir y muchas cosas divertidas que hacer.
ESCULTURAS DE PI
El libro de LAS IMAGINARIAS Y EXTRAORDINARIAS AVENTURAS DE PI

Me llamo Pi
La habitación estaba oscura, pese a las rayitas de sol que filtraban las contraventanas venecianas del balcón. Eran las tres de la tarde de un mes de julio extraordinariamente tórrido, y como ocurría cada verano papá y mamá daban instrucciones muy precisas sobre los horarios de acostarse a dormir la siesta y la hora de levantarse. Las indicaciones no dejaban lugar a dudas.
–¡A las tres y media, después de comer, hay que reposar! –decía mamá mientras papá cargaba el friegaplatos rápidamente para sentarse a tomar el café.
Pi pensaba que sus padres querían que los dejase un rato solo, hablando de sus cosas, porque lo del reposo no se lo tragaba. El caso es que en la habitación hacía calor y, pese a los goterones de sudor que perlaban su rosada y calva cabeza, el niño estaba escondido bajo la sabana, con su linterna de petaca, gloria familiar que le había regalado su abuelo Paco. Termofusión, por absoluta fidelidad hacia Pi, se había metido también bajo la sábana. Termofusión era un perro regordete de raza carlino, amigo inseparable de Pi.
–¡Suban el periscopio! –dijo con autoridad el capitán Pi de submarinos de la Armada Real Británica, un último modelo con una dotación de 23 hombres perfectamente adiestrados.
El capitán Pi le guiñó un ojo a la mirilla del periscopio y miró con el que tenía abierto. Ante sus ojos flotaba plácidamente en un mar en calma una inmensa ballena color avellana, con manchas verdes del tamaño de melones grandes. La ballena observó fijamente el periscopio que apareció de las aguas. Como las ballenas son muy listas, sabía perfectamente de qué tipo de dispositivo se trataba, y también que el capitán Pi estaba tras aquel objeto que reflejaba la luz del sol. Le guiñó un ojo de nuevo y, a modo de saludo, dio un coletazo sobre la superficie del mar. Su gran potencia y tamaño provocaron una ola que vapuleó el submarino. El capitán se agarró a ese asidero donde se agarran siempre los capitanes de submarino, y rio para adentro.
Masqueflora ya estaba con sus travesuras. Era juguetona y muy bruta, y si se ponía a revolotear, podría incluso hacer peligrar al sumergible…
–¡Pi, vete despertando, es hora de salir a jugar un rato al jardín!
Mamá daba una nueva orden: ¡A JUGAR AL JARDIN! ¡Pero si ya estaba jugando!
Pi salió bajo las sábanas y dejó al submarino y a Masqueflora, la ballena avellana, aparcados en el mar de los Sargazos, saltó de la cama y se puso una camiseta verde, su preferida, con las palabras “CARA CULO” escritas con un rotulador. Abandonó el cuarto y descendió las escaleras, y de pasada saludó a su padre, que con una taza de café y el periódico en mano se dirigía al salón dispuesto a disfrutar de una buena tarde de domingo.
Pi saltó de tres en tres los escalones que bajaban al jardín y, como alma que lleva el diablo, corrió por entre los rosales de mamá y saludó a Catarsis, la gata, que permanentemente estaba subida en la tapia del jardín, bajo una rama colgona de sauce llorón. Catarsis bufó de manera desagradable y Pi le hizo una pedorreta, y siguió su camino hasta el roble del abuelo, a quien le gustaba contar que fue el primer árbol que plantó en aquel jardín viejo, frondoso y selvático, un porrón de años atrás.
El roble en el cruce de dos ramas gordas sujetaba con paciencia LA CABAÑA del roble, una construcción de la cual papá estaba muy orgulloso, aunque a Pi la estética de cabaña de Michigan le daba igual, porque unas veces era eso, la vieja cabaña, otras el triplano del Barón Rojo y otras una nave espacial a punto de partir.
En aquel preciso instante Pi prefirió que simplemente fuese la cabaña de papá. Con cuatro saltos de mono trepó la escalerilla de tablas, y en la tercera tabla, al clavársele una astilla minúscula en el pie, profirió un “¡Ay!” lo suficientemente sonoro. Mamá asomó el morro por la ventana de la cocina e inspeccionó los alrededores como un sabueso en busca de una presa, en este caso en busca de algún drama para ejercer de mamá, pero todo parecía normal. Pi, con miedo de que se armase la gorda, se quitó la astilla sin decir ni mu, se sentó en el suelo y me miró a mí, que soy el narrador, y entonces, con una bonita sonrisa de niño cabroncete de cinco años, me dijo:
Me llamo Pi.
Tengo 5 años, me dedico a lo que se dedica un niño pequeño: travesuras, triquiñuelas, salirme con la mía, manchar lo más posible, a todos los posibles y en particular a mí mismo. No llevo pantalones, no los necesito y además soy provocador, tampoco tengo pelo, tengo una cabeza gorda, como una bola de billar, color rotu rosa carne, una nariz de porreta y ojos grandes y negros. Si puedo, hago una pirula; la gracia está en hacerla y en que no me pillen, y nunca me pillan.
Vivo en la calle Costanilla de Miratuquebién, 54, en un caserón enorme, con dos plantas y un desván. La casa que construyó mi abuelo con el dinero que trajo de Argentina o algo así.
Yo tengo un cuarto muy grande, lleno de juguetes, no tengo hermanos, pero sí la exclusiva de mimos y atenciones.
En la casa viven mi abuelo Paco y mi abuela Mirinda, que tienen la habitación del torreón. La llamo así porque hace esquina y es redonda. Papá y mamá están al otro lado del pasillo, frente a mi puerta.
Me apasiona inventar historias, casi siempre son el hilo conductor de mis aventuras. Tengo varios amigos inseparables, la ballena MASQUEFLORA, que me acompaña en mis aventuras marítimas; la gata Catarsis, que es muy cascarrabias y siempre me bufa, pero yo la pedorreo y sigo mi camino, es ya una tradición. En la escalera del desván vive La Porteña Maniaca; la llamo así porque bajo la esquina donde tiene su telaraña hay una revista vieja en la que pone eso, LA PORTEÑA MANIACA, y debajo del título hay una ilustración con una mujer con cara de muy mala, esposada y conducida por dos guardias, que no son como los de aquí, porque aquí son guardia civiles y esos no, son de Michigan, como la cabaña. Es una revista de esas que lee papá. A la Porteña Maniaca la estoy engordando como a un cerdo de feria. A veces me voy de cacería por casa y capturo moscas y moscardones. Después la diversión consiste en ver cómo la Porteña los devora. Tengo más amigos. Os iré contando quiénes son y sus aventuras, pero no me puedo olvidar de Tío Zacarías, o como otros le llaman: “El señor Trastamunda”.
Tío Zacarías es ese típico amigo muy amigo de los padres que, siendo en realidad una falsedad, lo llaman “Tío”, otorgándole un rango honorífico familiar que no debería tener, pero que a mí me encanta. Para mí es MI TÍO ZACARÍAS.
Me llamo Pi y ahora déjame, porque tengo lugares increíbles a los que ir, aventuras que vivir y muchas cosas divertidas que hacer.
Era media tarde, la madre de Pi voceó desde la cocina, como un capitán de fragata dando instrucciones para la maniobra. Era la hora de merendar. Pi y Termofusión salieron corriendo. Catarsis le bufó al pasar.
Fin.